“Si usted va, nosotros vamos con usted”. Esa fue la respuesta que le dio su familia cuando Bruno Boff comentó que tenía ganas de producir soja. Era 2011 y hasta ese momento el establecimiento Santa Rita de 7.500 hectáreas, ubicado en el departamento paraguayo de Caaguazú, estaba plenamente dedicado a la ganadería y con mucho éxito: incluso se había convertido en cabaña de la raza Nelore.
Entonces la pregunta es inevitable: si el negocio ganadero ya era tradición familiar y funcionaba bien, ¿por qué cambiar? Bruno no duda al responder: “Todo empezó porque en un momento comenzamos a alquilar tierras a productores que querían sembrar soja en la zona y, entonces, decidimos trasladar parte de los animales a un campo que tenemos en el Chaco paraguayo”, describe.
“Al principio el alquiler era un complemento del negocio ganadero, sin embargo, con el correr de los años cada vez venía más gente solicitando tierras”, recuerda. “Pero al tiempo empecé a notar que muchos de los que alquilaban no cuidaban el suelo, no hacían curvas de nivel, no planificaban a futuro y yo observaba un descuido general y desorden en los campos que no me gustaban para nada. Yo no quería eso para nuestras tierras, así que lentamente las fui desarrendando hasta recuperar la totalidad”.
Conciencia productiva desde el inicio
Así fue, entonces, como surgió Agrosoy, una empresa productora de soja certificada bajo el estándar de Producción de la Mesa Redonda de Soja Responsable (RTRS por sus siglas en inglés), una asociación internacional sin fines de lucro que promueve la producción, el comercio y el uso responsable de soja en todo el mundo.
“Nacimos en 2014 como una empresa productora de soja certificada, partimos de los principios de la sostenibilidad y de hacer las cosas como corresponde, que significa, en esencia, respetar el ambiente, garantizar condiciones laborales óptimas, tener una buena relación con la comunidad y producir de forma eficiente y rentable”, resume este productor que asegura que el proceso de certificación RTRS le resultó natural y relativamente sencillo porque la premisa de producir “haciendo las cosas bien” ya estaba presente en el negocio familiar ganadero. El proceso de certificación fue realizado por Control Union.
Pero en este proceso hay algo más: cuando Bruno decidió dedicarse a la soja responsable también lo hizo desde una conclusión a la que llegó luego de observar y reflexionar: “Yo veía que mucha gente dueña de la tierra no se esforzaba por ser eficiente en su producción porque de base el sustento estaba garantizado”, explica.
Entonces diseñó el negocio con la siguiente lógica: Agrosoy produciría únicamente en tierras arrendadas y con un detalle que marca la diferencia y resume su mirada sobre la eficiencia. Esos campos arrendados serían de su propia familia, de modo que Bruno paga el alquiler directamente a cada uno de sus familiares propietarios.
“Muchas veces noté que en los productores agrícolas no había una visión de negocio a largo plazo y como soy economista de formación, decidí unir mis dos pasiones que son la economía y la producción agrícola ganadera, porque yo soy un hombre de campo”, enfatiza. “De hecho, vivo en la estancia al menos cuatro días a la semana”.
Cifras y acciones
En la campaña 2025, Agrosoy produjo 21.491 toneladas de soja certificada RTRS sobre una superficie productiva mecanizada de aproximadamente 5.425 hectáreas.
El establecimiento cuenta con una superficie total de 8.546 hectáreas, de las cuales 2.699 hectáreas corresponden a monte nativo protegido, lo que representa alrededor del 32% del predio, superando el 25% exigido por la legislación vigente.
Estas áreas de conservación protegen cuencas de arroyos y esteros de la zona y cuentan con la categoría de reserva natural otorgada por el Ministerio del Ambiente y Desarrollo Sostenible de Paraguay. Por cada tonelada de soja certificada RTRS, la empresa recibe un plus de 4 dólares respecto del valor de la soja convencional.
“Ya de chico me gustaba la naturaleza y siempre me interesó estudiarla y cuidarla, por eso durante muchos años hubo un biólogo trabajando con nosotros que se encargaba de realizar relevamientos para conocer la biodiversidad del campo”, cuenta Bruno.
“Esto también se relaciona con haber decidido certificar: quería diferenciarme y, además, hacer las cosas de manera tal que permanezcan en el futuro y no terminen conmigo. Para eso es indispensable contar con el apoyo de la familia, como siempre lo tuve, y con un equipo satisfecho con su trabajo, algo que hemos logrado, ya que el 90% del personal está con nosotros desde el inicio y esa permanencia demuestra que ofrecemos condiciones laborales realmente buenas”.
En Santa Rita viven 32 familias de trabajadores que disponen de viviendas totalmente equipadas y se les provee de verduras, frutas, carne y raciones para que puedan criar sus propios animales. Han recibido capacitaciones en primeros auxilios, manejo de maquinaria, seguridad y manejo del fuego forestal y de máquinas.
Con respecto a la comunidad tranqueras afuera, la familia Boff siempre tuvo una participación activa y buen vínculo con los vecinos: hay un bus contratado por la empresa que lleva a los chicos a la escuela Nº 1660 Santa Teresa, se asiste con insumos, ropa y medicamentos a la comunidad indígena Kaaguy Poty Romero, e incluso hay una iglesia dentro de la estancia abierta para todos los fieles, donde se da misa una vez por mes y se realizan bautismos.
Orden, prolijidad y sistematización
“Certificar fue bastante natural porque cuando hay un equipo que acepta la idea desde el inicio todo es más fácil”, describe Idelfonso Baratto, gerente agronómico de Agrosoy. “La digitalización de los procesos ayudó a sistematizar y volver más eficiente la producción; trabajamos con una plataforma de monitoreo y georreferencias y hacemos muestreos de la evolución de los cultivos, lo que nos permite tomar mejores decisiones en todo, por ejemplo, en el uso de productos fitosanitarios”.
Como parte de las buenas prácticas agrícolas se realizan cultivos de cobertura como avena, vicia y nabo forrajero. En palabras de Valdir de Souza, gerente operacional de la empresa, el objetivo es nutrir el suelo partiendo de la premisa de que si no se lo cuida cada vez requiere más insumos lo que puede afectar su capacidad productiva.
Pero las buenas prácticas son amplias y también tienen que ver con la prolijidad y el orden. “En esta zona hay un tema cultural con la basura, que se tira en cualquier lado, pero nosotros desde el inicio decidimos que este sería un campo limpio, ordenado y cuidado como ya lo era cuando teníamos animales”, cuenta Bruno. “En este aspecto al certificar bajo el Estándar RTRS para la Producción de Soja Responsable, solo tuvimos que ajustar procesos, sistematizar acciones y documentar lo que ya hacíamos, por eso siempre digo que, en esencia, la certificación ordenó nuestro trabajo”.
Según Gustavo Morel, gerente administrativo y a cargo del monitoreo del cumplimiento de los indicadores RTRS, lo fundamental es la recolección y el análisis de datos en el trabajo diario. “Todo esto exige más planificación y más cabeza, pero funciona y se nota el aumento de la eficiencia productiva y económica”, expresa. “Por ejemplo, siempre supimos que históricamente se usaban 32 litros de combustible por hectárea, pero hoy lo tenemos desagregado por categorías: sabemos exactamente en qué se consume cada litro, mientras que antes lo veíamos como un gasto global; esa clasificación nos permite ajustar y mejorar la eficiencia de manera continua”.
¿Certificar o no certificar?
“Muchos productores me preguntan cómo es la certificación porque si bien saben que es la puerta a nuevos mercados, a la vez tienen miedo de que sea algo complicado, cuando la realidad es que básicamente se trata de generar hábitos que luego permitan tomar mejores decisiones”, reflexiona Bruno.
“Pero sí hay algo que resulta clave”, agrega: “Es necesario cambiar el paradigma mental y eso es lo que más cuesta, no el proceso en sí; hay que dejar atrás viejas ideas y estar dispuesto, entre otras cosas, a sistematizar la forma de producir, a registrar a todos los empleados y a asegurar buenas condiciones de trabajo”.
“En lo personal, ser parte de la comunidad RTRS me genera una satisfacción especial, tal vez porque la pasión por la agricultura y la ganadería es una tradición familiar que inició mi padre en 1972 y que, a sus 93 años, sigue acompañándonos en el día a día”.



