Agricultura familiar y producción cooperativa

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Los países de América Latina han experimentado importantes tasas de crecimiento económico en los últimos años, pero persiste la pobreza (si bien ha tendido a reducirse) y  la desigualdad social, y la pobreza rural todavía se mantiene alrededor del 50%.
 
La región se muestra vulnerable a las alzas y oscilaciones de precios de los alimentos en los mercados más importantes, como sucedió entre 2009 y 2011 cuando aumentó la proporción de población por debajo de la línea de indigencia. En este contexto, las cooperativas pueden ser organizaciones claves para reducir la pobreza rural y potenciar la inclusión social y económica en el campo latinoamericano,particularmente mediante la organización cooperativa de la agricultura familiar. En la agricultura familiar, la familia y la granja están vinculadas, coevolucionan y combinan funciones económicas, ambientales, sociales y culturales.
 
Las cooperativas, como empresas basadas en valores y principios, colocan en su centro a las personas, no al capital; además, hoy encaran el ineludible desafío ambiental. En la agricultura familiar el centro es la reproducción de la empresa familiar, no la maximización del lucro, aportando también a “enfriar” el planeta. Sin embargo, este modelo también enfrenta amenazas como la tecnología transgénica desregulada.
 
Las cooperativas pueden ser formas empresariales idóneas para amplificar las capacidades empresariales, el impacto social, el beneficio ambiental y la propuesta cultural de la agricultura familiar. Agricultura familiar: tensiones y desafíos La agricultura familiar persiste en un terreno de contrastes por el interjuego de sus organizaciones (allí donde existen) con otros actores del mercado, la agroindustria y los gobiernos. Entre estas tensiones y desafíos se destacan: La agroindustria expansiva. En el estado de Pará, noreste de la Amazonia de Brasil, las condiciones deforestadas y degradadas por la actividad ganadera y los bajos precios pagados por intermediarios a la producción tradicional, son terreno fértil para la expansión de programas de agrocombustibles de palma aceitera para un “mercado cautivo obligatorio” de vehículos a gasóleo, principalmente. Los protagonistas son la empresa Biopalma (perteneciente al poderoso grupo minero Vale) y Belem Bioenergía,
una empresa mixta de la estatal Petrobras y la portuguesa Galp. El cultivo se instaló hace casi treinta años como materia prima para la industria alimentaria y cosmética. La situación descrita por la agencia de noticias IPS, es un ejemplo de articula