El inagotable ideal de la solidaridad

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Estamos en Inglaterra, en la segunda mitad del siglo XVIII. La industria textil entra en una etapa de gran dinamismo. Con la invención de la máquina de hilar y el desarrollo de la tecnología movida a vapor, se multiplican de manera acelerada las fábricas que exigían cada vez mayor cantidad de mano de obra, es decir de obreros. La llamada Revolución Industrial se instalaba con fuerza y en consecuencia, las condiciones de vida de la gente experimentaron cambios profundos. Por un lado, aumentaba cada vez más las ganancias de los propietarios de las empresas manufactureras, quienes se enriquecían a costa de la explotación de mano de obra barata. Pagaban salarios miserables a sus empleados. Hombres, mujeres y niños se veían obligados a  trabajar hasta 16 horas diarias para cubrir sus necesidades familiares mínimas, en clara violación a sus derechos humanos fundamentales. Cientos de campesinos empobrecidos abandonaban el campo para trasladarse a las ciudades y pasaban a formar los Barrios de Obreros textiles, que eran verdaderos cinturones de pobreza que rodeaban los espacios industriales. Los obreros pobres solo contaban con su prole, es decir hijos, de ahí el nombre de proletarios. Los trabajadores sufrían un destino de exclusión. El hacinamiento provocaba muchas enfermedades y otros males en medio de esas comunidades que carecían de los servicios elementales. Esta situación inhumana despertó resistencia y se produjeron luchas contra el sistema económico imperante, planteando reformas y que posteriormente permitieron el surgimiento de diferentes movimientos sociales: Sindicalistas, socialistas, movimientos de reforma parlamentaria, cooperativistas y otros.
En ese ambiente, en la comunidad de Rochdale, condado de Lancashire, Inglaterra, cerca de Manchester  un grupo de trabajadores textiles empezó a reunirse para compartir sueños y aspiraciones comunes sobre el cooperativismo, inspirados en las ideas de Robert Owen, 1771-1858, pensador inglés y uno de los precursores modernos del cooperativismo. En esa etapa fundacional tuvieron muchas dificultades. No faltaron quienes se desanimaron. La principal traba era contar con los recursos necesarios para adquirir las mercaderías. A pesar de todo, los encuentros y discusiones siguieron, la iniciativa fue creciendo, hasta que en 1844, los 28 tejedores definieron los primeros principios, las iniciales normas de relacionamiento y las bases institucionales. Así surgió la primera empresa cooperativa en el mundo, en la forma de un almacén de consumo y se concretó el inagotable ideal de la solidaridad.